sábado, 11 de julio de 2009

El Simón Bolívar de Elías Pino Iturrieta

En 1946, el poeta Andrés Eloy Blanco pronunció un discurso en Ciudad de México, con motivo de la inauguración de la estatua ecuestre de Simón Bolívar. Fue una oración de hondo contenido sobre “el hombre del sombrero de paja y el hombre del sombrero de bronce”. Es un intento, en apretada síntesis, de revelar la dimensión del Libertador, que trata de equilibrar la admiración de lo heroico y la propia condición de ser humano. Para decirlo en palabras de Simón Alberto Consalvi, cuando se refiere al libro de Elías Pino: “ha escrito la biografía del grande hombre sin falsos atributos, el que siempre quisimos reencontrar”. De Bolívar se han ocupados muchos y en todos los tonos. Algunos para descargar en sus escritos las iras y malquerencias; otros para endiosarlo de una manera indebida. Por ello, la obra de Elías Pino es la presentación del héroe como “un grande hombre”, con sus maravillosas virtudes y sus flaquezas. Es el recorrido por el estratega genial frente a Morillo y el déspota que envía a la cárcel a su admirado Francisco de Miranda. Y al que no le tiembla el pulso para ordenar el fusilamiento de Manuel Piar, un hombre con las condiciones para sucederle. Es un texto lleno de pasajes reveladores de lo que una vez Ortega y Gasset dijera: “El hombre y sus circunstancias”. La terrible disposición suya de ordenar pasar por las armas a todos los españoles presos en La Guaira, sin excepción alguna. Pero al mismo tiempo recordar ese estupendo pasaje de Pativilca en 1823, cuando un Bolívar enfermo, extenuado, ante la pregunta de Mosquera. ¿Qué hacer? La respuesta pedagógica y admonitoria, a pesar de la distancia, en una palabra de sólo ocho letras ¡TRIUNFAR!

Pino no está muy convencido de la autenticidad de este diálogo, sin embargo lo relata como un ejemplo de tenacidad para organizarse en su arduo trabajo militar. Cada página del libro es una cronología del biografiado. Nos acerca al “Manifiesto de Cartagena”, a la “Carta de Jamaica” y al “Discurso de Angostura” en forma tal, que elimina o desbroza todos los agregados que muchos historiadores han añadido para resaltar al héroe. Es como lo expresa el autor: “Un esbozo que pretende una interpretación diversa debe intentar una relación del insólito ascenso con el personalismo que no ven quienes confunden un prócer con una estatua de bronce”. Hay una estupenda reflexión presente desde el propio inicio del libro. No con la disposición de darle más mérito al Libertador, mucho menos de escamoteárselos, sino con el propósito de ubicar al hombre en su espacio-tiempo y no estudiar las palabras y las acciones fuera del contexto en que se sucedieron. Es a su vez, una honda reflexión que le sirve a Elías Pino como asidero para evitar las tentaciones del culto y de la exagerada exaltación. La vida de Bolívar se nos dibuja en su plenitud, sin obviar sus momentos de flaqueza, esa debilidad que también forma parte indisoluble de la personalidad del héroe. Ya hemos dicho que mucho se ha escrito sobre Bolívar, pero estamos frente al contenido de un texto que lo describe en su esplendor y en su sombra. Pino se cuida de no caer en la trampa del elogio desmedido o de la crítica mordaz.

Se hace una especie de acercamiento entre el autor y el biografiado, para develarnos el quiebre o caída de Bolívar luego de estar en lo más alto de la cima. Ya se ha consagrado como el Libertador de la Gran Colombia y como su suprema autoridad, luego de vencer a los españoles en decisivas batallas, por supuesto, la más importante, la de Carabobo. Es por ello que se hace acompañar en su reflexión con una imagen, para que ella sea la que revele o defina el momento en el que el ascenso se convierte en caída, acude a José Domingo Choquehuanca, quién dirá: “Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”. O como la vigente hipérbole del uruguayo José Enrique Rodo: “Si el sentimiento colectivo de la América libre y una no ha perdido esencialmente su virtualidad, esos hombres, que verán como nosotros en la nevada cumbre del Sorata, la más excelsa altura de los Andes, verá cómo nosotros también, que en la extensión de sus recuerdos de gloria, nada hay más grande que Bolívar”. No se imaginaron nunca, ni el peruano ni el uruguayo que la imagen que escondían sus frases de admiración, con el transcurrir del tiempo, estaba latente el grave elemento de un culto al héroe más allá de lo conveniente. Ese Rey Fernando VII, quien por “mandato divino” había llegado al poder, y el Libertador que lo despoja de su trono, para convertirse, en el imaginario colectivo, en el enviado de Dios. En la catedral de Lima, se comenzaba ese culto con aquello “De ti viene todo/ lo bueno Señor/ nos distes a Bolívar/ gloria a ti buen Dios” Es así como crece y se expande la sombra del heroísmo; en el momento preciso en que deja de percibirse como sombra y se malinterpreta como parte de su esplendor, como parte de la gloria. Olvidándonos, como bien lo apunta el autor, de que a pesar de su inconmensurable grandeza, Bolívar sólo fue un hombre.

El final del libro, se siente que poco o nada queda de aquellas rimas con las que rezaba en la catedral limeña. Los últimos capítulos, están dedicados a los años finales de su existencia, en los que la caída comienza a ser un hecho cierto. En el bando de quienes le apoyan y en el de los que le adversan, son las mismas acciones de Bolívar las que generan veneración u odio. Se ve obligado a adoptar medidas muy inflexibles para consolidar su autoridad y aquí se asemeja, paradójicamente, al despotismo de Fernando VII. Esas medidas, dependiendo quien las interprete, son catalogadas por algunos como “predicamento de persecución política” y otros las entienden “como eficaces a favor de la estabilidad”. Los limeños dejan de entonar las rimas de agradecimiento a Dios por la presencia de Bolívar y las sustituyen por otras, cargadas de odios y denuestos. “Cuando de España las trabas/ en Ayacucho rompimos/ otra cosa no hicimos/ que cambiar mocos por babas/. /Nuestras provincias esclavas/ quedaron de otra Nación/ mudamos de condición, / pero sólo fue pasando/ del poder de Don Fernando/ al poder de Don Simón/.

Elias Pino, historiador de altos quilates y profundo investigador de la materia, nos entrega una biografía de Bolívar, en su grandeza y en su caída, con gran admiración por el personaje, evita caer en la distorsión que suele acompañar un encuentro con la figura heroica. Ayer Andrés Eloy Blanco, oteando el horizonte, en su magnífico discurso de México, hace una desmitificación del ilustre caraqueño. Elías Pino, por su parte, en un trabajo mucho más laborioso, nos da una referencia histórica, para que intentemos entrever el futuro que nos espera.

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