miércoles, 19 de agosto de 2009

“LA HUELLA INSONDABLE”: Un ensayo para la reflexión

CESAR YEGRES MORALES

Tomando una variedad de personajes de Miguel de Cervantes: el escritor Jesús Torres Rivero se prodiga en un enjundioso ensayo para el conocimiento, la explicación y la comprensión de nuestra identidad étnica. “La Huella Insondable” es el sugerente nombre que como el propio autor cumanés señala, es algo muy parecido a su propio ser y a las vicisitudes de su existencia.
A Cervantes le corresponde un ciclo existencial, ubicado entre dos siglos y dos cosmovisiones: Renacimiento y Barroco. Víctor Hugo opinaba: “Hay que leerlo entre líneas, porque tiene su aparte, pero más que uno, existen muchos matices o apartes en EL QUIJOTE, la obra que va unida en forma indeleble al autor”. La multitud de temas o de cuestiones y la complejidad u hondura de su pensamiento –aparte del estilo, belleza, riqueza literaria en cuanto a fonemas, términos, vocablos – forman no uno, sino múltiples sentidos sin detrimento de la unidad de la primera novela del mundo. Colocada ella como la más emblemática de todos los tiempos, El Quijote es inseparable de su autor. Hablar del caballero de la triste figura y de su autor parece una misma cosa; pues tanto uno como el otro son resultado de una misma y única voluntad. Cervantes no solo fue un ilustre hidalgo, hombre integro, lleno de humanidad y de humanismo, poeta e ilustre soldado bajo las banderas de Felipe II, del cual se decía que en sus dominios no se ponía el sol.
Aquellos territorios sobre los que reinaba Felipe II, Príncipe del Renacimiento, Aquellas cincuentas futuras naciones, constituían en tiempos de Cervantes un conjunto de entidades de identidad nacional o unitaria, aún bajo un Estado providencial. Era la mayor empresa del mundo sobre la que jamás un monarca hubiera podido soñar ejercer su poder; gracias a una fe prodigiosa, a un afán de aventuras, a altos ideales. No en vano el monarca debía meditar muy hondamente sus graves decisiones, Si Cervantes vivió entre tres reinados, no podemos olvidar los principios, los fines heredados de un tiempo inmediato a su nacimiento, como tampoco sus consecuencias, marcando la evolución del Imperio a través de Felipe II, III y IV. Aquella realidad jurídica, política, étnica y cultural que era el Imperio hispano-portugués se encontraba en su cenit, al sobrevenir su nacimiento. Sería Cervantes, entre otros, uno de los hombres más representativos al ser parte fundamental de los hechos que cimentaron la hispanidad, como lo serían igualmente Lope de Vega o Calderón de la Barca, solo por citar otros escritores-soldados, Aunque la vida de Cervantes se sitúa entre los Siglos XVI y XVII, aquella unión famosa de las armas y las letras iba a configurar uno de los últimos arquetipos en las postrimerías de aquel período socio-político, cuando el autor del Quijote llega a la madurez creando en él un sustrato cultural de vital importancia.
La literatura no es solo reflejo de las formas de vida, acontecimientos políticos, modos de pensar de un tiempo, sino de todo un sentido casi autobiográfico con un claro propósito ejemplificador, sin que en su sencillez y austeridad, acaso se le hubiere ocurrido a Cervantes, pues era la formulación de lo español a la par que recogía su sentir particular, su moral, su cristianismo. Así era efectivamente, porque aquella historia era en buena medida, la del combatiente contra el turco, el cautivo en “LOS BAÑOS DE ARGEL” o el enamorado en “LA GRAN SULTANA”
Los españoles comenzarían la expansión descubriendo las Islas de Guananí (San Salvador), Juana (Cuba) y Santo Domingo en aguas del Caribe; posteriormente Venezuela, México y los inmensos territorios que consecutivamente conformaron los Estados Unidos de América. Los mitos de Cipola, El Dorado y los grandes ríos, Mississipi, Río Grande, Amazonas, Orinoco. Españoles y portugueses se habían repartido el mundo y Núñez de Balboa, desde el istmo de Panamá, descubría el Pacífico. Con la expresión: “Yo soy hijo de la piedra, que padre no conocí”del personaje Pedro de Urdenalas, Torres Rivero nos plantea la ruptura e inicio de una forma de pensar y existir para una época. Nosotros pudiéramos definirlo como el deslinde subjetivo de un ayer que concluía y un mañana que se comenzaba a imaginar en la medida de las aspiraciones y los sueños. Definitivamente era un cambio profundo en el español de esa época, atrapado entre la nobleza y la iglesia. Este personaje, que es la expresión de la picardía, de la viveza o de la bellaquería a la que tiene que acudir para enfrentar su condición marginal, como bien señala el ensayo, es rescatado por Cervantes en una literatura popular, convirtiéndolo en un prototipo de la condición humana con todo lo ella conlleva.
El español que llega a nuestras tierras, no solo interviene en nuestra conquista territorial, sino que trae consigo, al decir de Andrés Eloy Blanco en su “Canto a España”... “y fui sonoro cuando tuve nidos, porque tus ruiseñores anidaron en mí”, refriéndose a la lengua. Pero es además, un evangelizador que se siente en el deber de dar a conocer su fe y su Dios. E igualmente es una mentalidad de leyendas, mitos y ritos de los que difícilmente se va a desprender. Rufino Blanco Fombona, citado en el ensayo por su obra: “El Conquistador Español del Siglo XVI” expresa: “Para conocer el modo de ser español, en alguno de sus rasgos esenciales, se empleará aquí la palabra raza, no en sentido antropológico, sino como grupos de gentes con determinados caracteres físicos y psíquicos que durante largos períodos se han desenvueltos en circunstancias que les permiten tener y conservar ciertas características”. Eran seres con profundas y arraigadas creencias fantasiosas y mágicas, propagadores de leyendas, convencidos en absoluto de mitos que le dieron a nuestra cultura una carga extraordinaria de lo que hoy se denomina la raza latina. Arturo Uslar Pietri define esto en una frase magistral, asimismo citada: “No somos una raza, sino una cultura cósmica”.
El libro rechaza, por exagerada, la visión del escritor y psiquiatra Francisco Herrera Luque en su obra “Los Viajeros de India” quien expone una tesis que nosotros tampoco compartimos, de afirmar que los hispanoamericanos y en particular los venezolanos tenemos una especie de sino o estigma, una marca maldita, de la que no escaparemos jamás. Ello está en contradicción asimismo con un antológico ensayo de Don Mario Briceño Iragorry que afirma que Venezuela había tenido el privilegio de un mestizaje maravilloso, totalmente distinto y más amplio en comparación a otros países iberoamericanos; porque en nuestra composición se daban cita el indígena, el español, el africano y el árabe, porque no en balde los moros permanecieron siete siglos en España. Continúa Don Mario que, a raíz de nuestro proceso independentista, se da en Venezuela, a diferencia de otros países del área, una gran homogeneidad social. Así, nunca hemos tenido problemas raciales, religiosos ni de xenofobia. Esa mezcla aludida nos ha hecho ser distintos y diferentes. El proceso de mestizaje era casi espontáneo, afirma Torres Rivero, que apoyado en textos de algunos historiadores, tales como Isaac Pardo y Demetrio Ramos, quienes dicen, que tan pronto el español se instalaba, comenzaba un cambio en su comportamiento tanto de costumbre y lenguaje como por su relación con los indígenas y con Mariano Picón Salas, agrega que ese español era más fundador que otra cosa y sin que dejara de interesarse por otras cosas, como las económicas, su visión y su propósito era dar lugar a pueblos. Reconoce Torres Rivero en su ensayo, las tropelías, crímenes y barbaries de una gran legión de los conquistadores. Juan de Ampíes, Lope de Aguirre, Gonzalo de Ocampo, Diego de Ordáz. Juan González, Francisco Vides... pero igualmente tres hombres como Pedro Córdova, Antonio Montesinos y Bartolomé de las Casas, al igual que tantos otros, impusieron un freno a esos desmanes y ayudaron a mejorar las relaciones española-indígena. La influencia del Padre Bartolomé de las Casas es notoria en la sanción de las Leyes de Burgos que humanizaron el trato a los indígenas. Apunta y reflexiona sobre el arrojo de los españoles; su no miedo a la muerte, producto tal vez de sus arraigadas convicciones religiosas, la creencia en la resurrección y en un estadio de vida superior, hacen decir a Ortega y Gasset que es como “una búsqueda inconsciente de la inmortalidad”.
Un porcentaje muy elevado de origen de los conquistadores eran nativos de Andalucía. Cumaná llegó a ser denominada en una época Nueva Andalucía. Y este tipo de español trae consigo unas características que hemos heredado como fundamento de nuestro mestizaje. Herrera Luque afirma: “Andalucía fue la parte de España que se desgajó con su sorna para darnos vida”. El andaluz tiene una particular gracia, no solo en su hablar, sino que en su estructura y en sus viseras posee una picardía innata que forma parte indisoluble de su especificidad humana. Torres Rivero acude en su narrativa a ejemplos de mucha plasticidad al respecto. Hay un maravilloso pasaje, atribuido a Cervantes, que testimonia esta particularidad andaluza. Dice el autor de El Quijote en la obra “La Tía Fingida” al referirse la tía a Esperanza: “Los extremos tienen de todo, como en boticarios, y son como la alquimia, que si llega plata, lo es, y si a cobre, cobre se queda. Para los andaluces, hija hay necesidad detener 15 sentidos, no que 5; porque son agudos y perspicaces de ingenio, astutos, sagaces y no nada miserables” Todo ello contiene elementos atávicos que definen una conducta, porque es el nombre de la Cruz el que se utiliza como arma arrojadiza o escudo defensivo. Es preciso entender esto para derivar el compromiso originario del espíritu sacrificial. Existe un viejo aforismo que dice que el italiano es la lengua del arte, el francés la del amor, el inglés la de los caballos y el alemán el de la guerra; pero el castellano es el idioma para hablar con Dios.
Nosotros decimos que sin la lengua de Cervantes, uno de los idiomas más ricos del mundo, no podríamos haber conocido la obra del mayor de los escritores y retomando nuevamente a Cervantes, debemos decir que es un signo de identidad del ser hispano. El es el “ha de ser”, que exige el antiguo código de honor. Se destacó por su afán de servicio, bondad hasta la ingenuidad, tampoco exento de cierta picardía en su época más madura. Con un sentido del humor que nunca fue cáustico ni visceral, sino más bien refinado e inteligente, crítico e irónico, pero nunca sarcástico. Es ese tono sosegado, carente de odios, a pesar de todas las humillaciones y falsas acusaciones, el que configura el temple del más grande de los escritores de lengua castellana: Don Miguel de Cervantes y Saavedra.
Torres Rivero nos conduce, bien documentado, en estupenda y comprensible escritura, a un mundo mágico. Lleno de todos los elementos que tipifican al conquistador y al indígena y nos deja abierto el camino para la discusión y la permanente búsqueda. El encanto de los personajes cervantinos que le dan contenido y sentido al ensayo, son el bagaje de un fenómeno político y cultural que toma asiento en nuestro continente. Nuestros indígenas tuvieron su propia cultura; el mundo africano aportó otro tanto, la mora por su permanencia ibérica. ¡Pero España! La España de siempre nos legó costumbres, tradiciones y tantas otras cosas; pero en particular ¡La Lengua! Esa maravilla de comunicación y expresión que pudiéramos resumirla en aquella conversación de un niño cristiano y un miembro del Islam en la cual el musulmán expresa:

¿En que lengua?
En vizcaína,
que es lengua que se averigua
que lleva el lauro de Antigua
a la Etiopía y a la Abisinia

Esa lengua de valor
por su antigüedad es sola,
enséñale la española
que la entenderá mejor

El politólogo Jesús Alberto Castillo hace una atinada presentación del ensayo en cuestión, resaltando los elementos de la “América Colombina” y expresando que el autor se prodiga en un texto de herencia cultural trascendente. Cierto o falso, se dice que Bolívar, poco antes de morir, exclamó que entre los grandes majaderos de la historia estaban, entre otros, el caballero de la triste figura y él. Ello denota la influencia del pensamiento del Quijote en el Libertador. Torres Rivero, en su magnífico trabajo, nos hace sentir el orgullo del gentilicio indígena, español, africano y árabe. Nos reencuentra con nuestros orígenes y de la identidad de la que estamos conformados. Esto lo expresó poéticamente Andrés Eloy Blanco en su “Canto a España” ya citado: “ ...Y el mundo estupefacto, verá las maravillas, de una raza que tiene por pedestal tres quillas, y crece como un árbol, hacia el cielo, hacia Dios"

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

A mis hijos Daniela, César José, César Rafael, Beatriz Elena y María Fernanda. Cinco razones para el orgullo.

CESAR YEGRES MORALES

Leo nuevamente la obra cumbre de Gabriel García Márquez. Allí está el compendio de todo cuanto había producido el autor, particularmente en “La Hojarasca”, “Los funerales de la mamá grande”, “La mala hora” y “El Coronel no tiene quien le escriba”. Quienes conocen de la materia afirman que el arte de novelar contiene tres elementos sustanciales; el relato, o lo que se nos cuenta en forma muy directa, el enunciado del texto en el orden y disposición en que lo leemos y con los límites que se marca. Ambos suponen una historia compuesta por la sucesión en orden cronológicos de unos acontecimientos que el relato puede narrar o no, y en tercer lugar una narración o acto de contar, con la intervención, perceptible o no, del narrador. En CIEN AÑOS DE SOLEDAD, el predominio del relato es total y absoluto. El interés virtual de aquello que no se comunica no tiene entidad cuando se le compara con la extraordinaria riqueza de todo cuanto aparece a lo largo de la narración. Son infinidades de seres, personajes, cosas y situaciones que el autor nos prodiga a manos llenas.
La fundación de MACONDO origina lo que se narra luego, es decir el relato mismo y la introducción de una maravillosa prolijidad de lo real. Narrar, en la historia de la novela, ha consistido en seleccionar, acallar, distanciar o comentar. Es evidente que esta obra contiene la existencia de varios géneros literario, puede ser o un cuento muy largo o en definitiva una novela. García Márquez nos crea la ilusión, no de que las cosas han sucedido, sino que están sucediendo. Desde este presente y ante este presente, se nos presenta un futuro que aún no existe, y el posible ejercicio de la libertad de las personas. El levantamiento del Coronel Aureliano Buendía, el disparo que mata a José Arcadio, el fusilamiento del General Moncada, los desaforados amores de Aureliano y Amaranta Úrsula y los tantos caprichos y situaciones que convierten el relato en una esplendorosa aventura. El ejemplo de José Arcadio Segundo, que nos expresa la relación de la huelga masiva y la masacre de los trabajadores. El autor nos lleva a una acción en el pasado, pero queda sobreentendido que él posee la clave del sentido de unos sucesos como si ya hubieren tenido lugar. O para decirlo de otra forma, como si hubiera conocido el secreto de los manuscritos de Melquíades cuyo desciframiento coincide con el final del relato, y donde resulta que la historia de la familia ya estaba escrita. No es la experiencia de la lectura novelesca. El cuento sorprende, sobrecoge, entretiene, convence, pero no propone al lector una entrada. El cuento no lo involucra, no busca que se identifique con los personajes. La novela sí. En el primer capítulo que arranca con la fundación de MACONDO, dirigida por José Arcadio Buendía, interviene de seguidas Melquíades, que pronto se convertirá en un personaje muy influyente. El hielo es uno de los inventos que se debe a este ser misterioso y mágico. El éxodo de los gitanos a los que pertenece se remonta a épocas bíblicas. Luego se agrega Pilar Terrera miembro de la generación fundadora. José Arcadio que se había hecho hombre con la complicidad de Pilar, se marcha un día y su madre Úrsula Iguarán sale en su búsqueda que dura varios meses. Al retornar vuelve al pueblo la normalidad. Pero Aureliano, el otro hijo de Úrsula, expresa ante ella una especie de presagio: “Alguien va a venir”. Ese pronóstico se cumple con la llegada de la niña Rebeca, que va a traer consigo la enfermedad del insomnio que dura mucho, con la curación reaparece Melquíades, que se quedará viviendo en la casa. Asimismo, se incorpora al pueblo Don Apolinar Moscote, el corregidor, a quien José Arcadio recibe de muy mala gana, pero una de las hijas de aquel, Remedios, adquirirá categoría de personaje. Igualmente se presenta un italiano de nombre Pietro Crespi, que llegará a ser un complemento importante, no solo porque instala una pianola en casa de los Buendía, sino porque desata pasiones enamoramientos y hasta celos.
Muere Melquíades y poco después, José Arcadio, el fundador, pierde la cabeza y solo sobrevive, amarrado al tronco de un árbol. Con la desaparición de estas dos figuras emblemáticas, se cierra un capítulo y comienza otro con la boda de Aureliano Buendía y Remedios Moscote. La primera transformación importante de este pueblo, se sucede cuando Úrsula encuentra la ruta para salir de la ciénaga y comunica a MACONDO con el mundo. Por esa ruta llega la primera oleada de inmigrantes que convierte a la comunidad en una localidad de talleres y comercios, “la escueta aldea de otros tiempos se convirtió muy pronto en un pueblo muy activo, con tiendas y talleres de artesanía, y una ruta de comercio permanente por donde llegaron los primeros árabes”. Los habitantes de MACONDO se hacen artesanos y comerciantes, esto se proyecta en la familia Buendía; el joven Aureliano aprende a trabajar la plata y Úrsula monta un “negocio de animalitos de caramelo”. Poco después surgen nuevas instituciones para el gobierno de esa sociedad, que hasta entonces, ha tenido una estructura tribal. Llega el corregidor, la Iglesia, la Policía. Se inician las guerras civiles que duran casi 20 años y que mantienen al pueblo en cierto receso histórico. Durante ese período de guerra, se instala el telégrafo, Al concluir la lucha armada, MACONDO se convierte en Municipio, se designa su primer Alcalde y se da lugar a un cierto período de prosperidad que comienza con la restauración urbana, el ferrocarril, la luz eléctrica, el cine, teléfonos y hasta un primer intento de desarrollo industrial con la fábrica de hielo que luego se convertirá en helados. La otra transformación histórica de esta sociedad, desde el punto de vista económico, se produce con la entrada en escena de una Compañía americana dedicada a la explotación de la siembra, producción y exportación del banano. Esto convierte a MACONDO en un monoproductor de materia prima para una potencia extranjera y es en definitiva una sociedad dependiente. El pueblo se transforma y al lado del original, surge el pueblo de los gringos. “Un pueblo aparte, de casas con ventanas de redes metálicas, calles bordeadas de palmeras, mesitas blancas en las terrazas, ventiladores de aspas y extensos prados”. Los antiguos comerciantes, artesanos, o dueños de tierras se convierten en asalariados agrícolas, pero además, la fuente de trabajo creada por la compañía, atrae a MACONDO a una multitud de forasteros; esta segunda, masiva inmigración cambia por completo el aspecto y la vida del pueblo. Surge un pueblo de diversión y para los forasteros “ un tren cargados de p... inverosímiles”. Llega el primer automóvil y el poder de la compañía comienza a tener influencia política. Se producen cambios en la estructuras burocráticas y se da comienzo a unos enfrentamientos de conflictos sociales que degenera en un huelga general brutalmente reprimida por el ejército.
La fuerza de la naturaleza se hace presente en un diluvio que adquiere rango de cataclismo y con ello el abandono de la compañía que desmantela sus instalaciones y se marcha. Pero tras de ella se van también los miles de forasteros que atrajo la fiebre del banano. Ese lugar donde florecieron las plantaciones, se convierte “en un tremedal de cepas putrefactas”. MACONDO inicia una existencia monótona y ruinosa de aislamiento y pobreza, hasta convertirse “en un pueblo muerto y deprimido por el calor”. Otro cataclismo terminará con él y con los pocos supervivientes que lo habitan, esa sociedad había cumplido ya con su ciclo existencial, llegado a extremo de la decadencia. Mario Vargas Llosa dice que CIEN AÑOS DE SOLEDAD es una novela total por su materia, en la medida en que describe un mundo cerrado, desde su nacimiento hasta su muerte y en todos los ordenes que lo componen – el individual y el colectivo, el legendario y el histórico, el cotidiano y el mítico- y por su forma, ya que la escritura y la estructura tiene como la materia que cuaja en ellas, una naturaleza exclusiva, irrepetible y autosuficiente. Carlos Fuentes le escribe a otro portento de la literatura latinoamericana, Julio Cortázar y le dice: “Acabo de leer el original de CIEN AÑOS DE SOLEDAD. Es una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si le hubiese dado la mano a todos mis amigos. ¡Que prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario! Esa novela, continúa Fuentes, es una generación y una regeneración infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin. Definitivamente, Gabriel García Márquez, después de publicar “La Hojarasca”, “Los Funerales de la Mamá Grande”, “La Mala Hora” y “El Coronel no tiene quien le escriba”, resume en “CIEN AÑOS DE SOLEDAD” gran parte de la historia de Colombia, desde la llegada de los conquistadores, la guerra de Independencia hasta las fases conflictivas del Siglo 20. Los procesos socio- políticos como la guerra civil entre Liberales y Conservadores, las elecciones, el auge del banano, las huelgas y el poder del capitalismo. De su sugerencia y fuerza alusiva depende en buen número las lecturas virtuales. Ese tiempo histórico aludido, cuyos confines se mencionan con sutileza, ocupan un espacio-tiempo de casi cuatro siglos. La novela hispanoamericana precedente abundaba en rebeliones políticas, alzamientos militares, empresas que desangraban un país, dictadores vitalicios, etc... Todo ello ocupaba con firme presencia los primeros planos del discurso narrativo. En CIEN AÑOS DE SOLEDAD, toda esa materia está contenida, pero trasmutada pues ha pasado de simple anécdota a categoría. Y, con ello, la novela no solo alude a una particular situación colombiana sino a toda la América Latina. Esta obra puede ser considerada como la mejor y más acabada expresión del realismo mágico, porque en el tratamiento de la realidad colombiana se establecen los rasgos distintivos esenciales.